domingo, 13 de noviembre de 2016

Las FARC y nuestros grupos guerrilleros


(23 junio 2016)




Cuando hoy las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) firmen con el gobierno colombiano el fin del conflicto armado, estarán notificando a Colombia y a sus tropas el fin de las FARC como guerrilla. El acuerdo acaba con una guerra de 52 años que enfrentaron 11 presidentes y 13 gobiernos desde 1964.



¿Esto qué representa para los grupos armados que se mantienen activos en América Latina, sobre todo en México? Equivale a lo que en su momento también fue para ellos la desaparición de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín: no su fin automático, pero sí un fuerte momento de reflexión sobe la pertinencia de la vía armada para combatir al Estado burgués con el esquema de guerra de guerrillas al estilo Che Guevara.

Grupos guerrilleros como el Ejército Popular Revolucionario (EPR), que datan de aquellos mismos años sesenta, con siglas que han ido de la Unión del Pueblo al Procup, han vivido las transformaciones de un mundo que ha ido a contracorriente de lo que pregona su programa revolucionario: el ideal de un gobierno comunista encabezado por la clase trabajadora, tras una guerra armada que enfrente a la clase en el poder con la obrera.

Aun así estos grupos se mantienen en la lucha, o cuando menos en la clandestinidad, con una base social limitada a algunos miles de simpatizantes, realizando esporádicas acciones armadas para financiarse, emitiendo encendidos comunicados antisistémicos y esperando el momento idóneo en que existan las condiciones sociales para lanzarse a la ofensiva final, que no se ha dado en 50 años.

Cuando cayó el Muro, en 1989, los grupos guerrilleros mexicanos de corte socialista se encontraban ya debilitados y encapsulados en las regiones más pobres del país: Guerrero, Oaxaca, Michoacán y Chiapas. Aunque fue en este último estado donde se daría en 1994 el alzamiento indígena zapatista, con 10 días de enfrentamiento armado contra el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, después de los cuales el EZLN se convertiría más en un símbolo y  movimiento social, que en una guerrilla propiamente dicha.

Éste fue quizá el último espacio reciente en la historia de México en que las fuerzas armadas populares hubieran podido unirse en un alzamiento, pero no lo hicieron: no tuvieron ni la fuerza, ni la disposición para unirse. Se les fue la oportunidad. Los más duros y radicales se mantuvieron en la montaña, esperando “su” momento.

La claudicación (y fracaso) de las FARC seguramente será vista por nuestros grupos armados como un accidente de la historia que no modifica las inevitables leyes del marxismo. En el país siguen manteniéndose las condiciones de pobreza generalizada, el neoliberalismo exacerba la marginación, el Estado reprime a los disidentes, hay impunidad y corrupción. ¿Cómo no luchar por un México socialista? Como sea, las FARC se habían desgastado, unido al narcotráfico, olvidaron principios revolucionarios básicos. ¿Por qué habría de renunciarse ahora a la revolución si en lo que se embarcaron fue en una larga marcha como la de Mao?

Todo suena lógico, salvo que la realidad va en otro sentido y los hechos no pueden ser ignorados. “Si la realidad no cuadra con lo que pienso, peor para la realidad”, decía con genial ironía Carlos Monsiváis.

Hace dos años, en Beijing, capacitadores políticos del Partido Comunista chino se me quedaron viendo primero muy serios y después divertidos, cuando les pregunté qué opinaban de los grupos guerrilleros latinoamericanos de filiación maoísta (Sendero Luminoso y dos grupúsculos mexicanos). “Vamos hombre, ni aquí creemos ya en Mao”, me espetaron.

Hoy es, pues, un día de seria reflexión para nuestros grupos armados.
 





(Texto publicado originalmente en Nexos  http://www.nexos.com.mx/?p=28704 )

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