martes, 26 de mayo de 2015

La guerra de los taxis




El meme es implacable: se ve a un grupo de telegrafistas de principios del siglo pasado convocando a una manifestación para que la autoridad impida el uso de What'sApp y del messenger de Blackberry. Así de inútiles son las marchas de taxistas contra Uber y Cabify. Urge la competencia en muchos segmentos de mercado mexicanos, y el de los taxis no es la excepción.

El caso me recuerda el decálogo de un grupo de periodistas, en 1987, dirigido al dueño de un periódico, en el que le explicaban por qué las computadoras jamás iban a poder servir en una  Redacción. El chiste se cuenta solo.

Se entiende la amenaza que representan para los taxistas tradicionales este tipo de servicios que usan la tecnología y un principio de negocio orientado al cliente, pero luchar contra la modernidad y mejores prácticas es inútil. Así ha sucedido siempre a lo largo de la historia.

También es justo cuidar que la competencia no sea desleal, que los tradicionales paguen revista, placas y derechos, mientras que los nuevos y modernos se encuentren totalmente desregulados; esto también sería un riesgo.

Hay que centrar el debate: Uber y Cabify son mejores servicios que los tradicionales, lo que no quiere decir que sean la solución perfecta. Son caros, sólo fluyen por los teléfonos inteligentes y siempre existe el riesgo de corrupción de alguno de sus operadores. Pero eso no hace a los tradicionales la panacea. Sobre todo cuando día a día dan testimonio de su ineficacia y peligrosidad.

La llegada de estos servicios es la señal de que el sector de los taxis se tiene que modernizar y mejorar. Reflexión en la que tienen que estar no sólo los recién llegados sino sobre todo los que son mayoría.

No se puede impedir la llegada de la modernidad con violencia, como la que ya han mostrado los tradicionales y en los que la autoridad capitalina ha sido omisa.

El proteccionismo es nocivo y populista. Hay que recordar la norma aquella que se pretendió aplicar  hace algunos años en el DF, por la cual no se hubiera podido instalar una tienda de conveniencia o supermercado en alguna colonia donde hubiera una tienda de abarrotes tradicional.

Se argumentaba el peligro de que aquellas se comieran a las tradicionales, porque tenían mejor oferta de precios por su poder como mayoristas y sus economías de escala. La propuesta era que las tiendas de barrio subsistieran artificialmente sin competencia y mantieniendo precios caros. Absurdo.

En los taxis es lo mismo. ¿O no?





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